A Venado Tuerto la midieron siempre con la cinta métrica del rigor fenicio. Pesa el grano acumulado en los acopios, pesa el engranaje del parque industrial, pesa la Ruta 8, esa solapa que atraviesa la ciudad como una cicatriz de asfalto pesado. Sin embargo, sobre ese cuero reseco de logística agropecuaria, corre una vena secreta que no figura en los libros de aduana. Hay ciudades que producen tonelaje y ciudades que producen timbre. Venado ha insistido en ser ambas cosas. Esa es la memoria de la tierra. Por sus baldosas pasaron las huellas de «Jota» Morelli, Quintino Cinalli, Juan Chiavassa, Gustavo Beytelmann o de Leo Genovese, que junta estatuillas doradas en los premios Grammy sin olvidar el ritual de volver al barro natal. Del 20 al 22 de agosto, el Festival de Jazz de Venado Tuerto volvió a abrir sus puertas impulsado por el Ministerio de Cultura de la Provincia y el acompañamiento de Municipio de Venado Tuerto (Secretaría de Territorialidad y Desarrollo Cultural). No se trata de matar el aburrimiento del fin de semana ni de fingir un cosmopolitismo de cotillón. Es la prepotencia de una identidad que no cotiza en mercado.
Primera noche
El jueves 20 el Festival de Jazz de Venado Tuerto comenzó en la renovada Sala 2 del Centro Cultural Municipal (CCM). Doscientas cincuenta almas refugiadas en el penúltimo frío de agosto presenciaron el despliegue del primer cuarteto local: Ivo Mimiza frente al piano, Stefano Pasquini marcando el territorio con la trompeta, Claudina Citraro aferrada al bajo y, llegado desde Buenos Aires, Camilo Zentner detrás de la batería. El cuarteto de apertura del Festival no fue una postal nostálgica del dixieland o estilos cercanos, sino hard bop de escuela moderna. Una formación donde la trompeta soplaba frases cromáticas a la velocidad del bebop mientras la batería fracturaba el swing. A puro cortes y dinámicas continuas.

El contraste de la noche primera se completó con la entrada de Mariano Ruggieri Grupo. Si el ensamble de apertura apretó el acelerador de la síncopa urbana, Ruggieri —acompañado por Carlos Michelini en saxos, Jorge Palena en contrabajo y Hugo García en batería— prefirió el camino de la acuarela melancólica. En temas propios como «Rochindon», el pianista rosarino abandonó la gimnasia del swing para entrar en un impresionismo de matriz modal. Acordes extensos, tensiones suspendidas y un silencio administrado con la economía de quien conoce la llanura. Hay algo de la contemplación en las músicas de Mariano Ruggieri. El contrabajo no caminaba en término, sino dialogaba con la batería que respiraba a ritmo marcado con escobillas. Un lirismo de cadencia litoraleña y aroma a sello ECM que dejó en el aire, la sospecha de que el jazz rosarino con frecuencia suena a río y a distancia.
Segunda noche
El viernes la escena se mudó al Centro Cultural Provincial Ideal (CCPI). Dos arquitecturas estéticas contrapuestas se dieron cita en un mismo escenario. Abrió el ensamble bonaerense Firm Roots, sexteto pulido en las aulas del Conservatorio Manuel de Falla, integrado por Lucas Herrera en trompeta, Alan Rippari en piano, Manuel Bayúgar en batería, Camilo Binelli en saxo alto y clarinete, Pedro Montes de Oca en vibráfono y la local Claudina Citraro en bajo.
El grupo abordó una reconstrucción camerística y devota. Por caso, en el tema de apertura «Central Park West» de John Coltrane, sonarían como un patadón abriendo el portón de la segunda noche. Allí estuvo el sonido denso del bloque, a tiempo completo; vientos y un tempo consistente que rozó la música de cámara académica. Así se presentó el sexteto Firm Roots por mencionar solo una de las exquisitas composiciones, como rindiendo culto a esas partituras clásicas.
Pero el confort académico duró poco: el cierre de la segunda jornada corrió por cuenta del trío liderado por la pianista fueguina Pía Hernández. Educada en las diagonales porteñas, Hernández trajo una propuesta volcánica que desdoblaría en un sentido metafórico esos patrones habituales del bop y del hard bop. Bellísimas composiciones propias, sin ataduras ornamentales, cargadas de tensiones armónicas. Quizá, recordando que la vanguardia, suele ser un estado de insatisfacción permanente.

Jornada de cierre
El sábado comenzó temprano en el Teatro Ideal con una tormenta: el dúo del tecladista venadense Massimo Pasquini y el percusionista porteño Mariano Moreira. Su música fue un cruce rabioso entre el jazz experimental y otros géneros como el krautrock y el noise. Músicas que se desentienden de la forma canción y del estándar canónico. En fin, la libertad de improvisar también requiere rugosidad y peligro.
El broche de oro en el escenario principal lo puso el Trío Sin Tiempo en una sala colmada de almas sedientas de más música. Leo Genovese al piano, Mariano Otero en contrabajo y Sergio Verdinelli en batería dictaron una lección magistral de elasticidad rítmica. La música del TST no es una grilla rígida, sino un fluido biológico donde Genovese arrojó clusters atronadores y citó en un mismo gesto el lenguaje neoyorquino de Cecil Taylor al despojo de Paul Bley con acentos del candombe y la chacarera ¿Suena irreal? ¡Sí! Suena irreal.
Otero actuó como un ancla terrenal, sonido rústico y monumental, mientras Verdinelli desarmó la métrica tradicional transformando la batería en una voz de acentos polifónicos y combativos. Un set demoledor de 55 minutos para el éxtasis colectivo que selló el pasaje libre y gratuito del festival a la categoría de hito. Un detalle: estas últimas dos noches, estuvieron vestidas con una obra sobre lienzo del talentoso artista plástico y pintor venadense Mauro Calderone.

Pero la crónica de esta última noche exigía una mudanza de escenografía. Culminada la presentación del Trío Sin Tiempo la caravana se desplazó hacia las luces amables del coqueto Bar El Botánico (Espacio Invernadero). Tal como se supo a último momento, el programa ajustó sus manecillas e invirtió el orden de aparición. Primeramente el intimismo del dúo conformado por Melanie Trifiletti y Flavio Adra, quienes abrieron la velada con un pequeño y delicado set de canciones del bossa nova, dejando una atmósfera exquisita para lo que vendría.
A las 23 subió al tablado la formación de Ramón Glacé, capitaneada por la sensibilidad de Sergio «Gringo» Santi, con una presencia que encendió los murmullos de los memoriosos: en la batería el legendario Jota Morelli. Ver golpear los cueros a Morelli en su propio suelo, tras décadas de rodar junto a Spinetta o Al Jarreau, fue un acto de restitución poética. El resto se sabe, demasiado groove para contarlo en una sola crónica. Pasada la hora de los brujos, músicos consagrados y músicos jóvenes de la ciudad cruzaron frases, solos, risas y abrazos en una jam session.
Este lunes 24 de agosto la ciudad gringa regresó a su rutina de industrias y tractores y cuentas por pagar, pero con la certeza que, bajo el asfalto, no solo habita una playa dadaísta: también sigue sonando una síncopa indestructible.

