La pregunta surgió espontánea, en un encuentro familiar, alejado de lo académico: ¿qué tenía en particular Estanislao López, el Brigadier, para ser lo que fue? Interpelado por esa pregunta, simple y profunda, el doctor en Historia Ignacio Martínez terminó de encontrar el rumbo para la biografía que venía desarrollando para el área Editorial del Ministerio de Cultura de Santa Fe. Investigador del Conicet y titular de la cátedra Historia Argentina 1 en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, Martínez fue así el responsable de darle forma a «Caudillo de una provincia invencible. Historia del Brigadier Estanislao López de Santa Fe», flamante publicación que este viernes 8 de mayo, a las 16, tendrá su presentación oficial en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en un acto que tendrá como expositores al autor y a la también doctora en Historia Marcela Ternavasio, y que contará con la presencia del gobernador Maximiliano Pullaro y la ministra de Cultura, Susana Rueda, entre otras autoridades.
En esencia, «Caudillo de una provincia invencible» tiene como objetivo central el de narrar la vida del Brigadier en contexto con el desarrollo de la propia provincia, que lo tuvo como gobernador durante veinte años. Nutriéndose de la bibliografía preexistente sobre López, la labor de Martínez buscó interpretarla desde nuevas corrientes historiográficas. «El objetivo era insertar esa vida en las versiones renovadas de la historia argentina en el Siglo XIX. Hay mucho renovado en relación a esas biografías clásicas de López, hay muchas formas nuevas de ver la historia. De ese modo me propuse ir narrando su vida, pero sin la necesidad de reconstruirla desde su iniciación, porque eso está bastante tratado. El desafío era integrar en esa vida los nuevos enfoques sobre la historia argentina en general, y sobre la historia santafesina en particular. Porque también está renovada la historia política, económica, de Santa Fe. Esos nuevos enfoques, que vienen desde hace 20 o 30 años, habían quedado fuera del radar de las biografías clásicas», explica Martínez, que le dio forma a una obra de lectura ágil, que permite dimensionar el crecimiento y desarrollo del Brigadier en años turbulentos de la historia argentina.
Y es un desafío que el doctor en Historia sortea de manera exitosa ya desde sus primeras líneas, en las que deja asentado el origen humilde de Estanislao. Así lo apunta el historiador: «Este libro está destinado a un público general, entonces me empezó a dar vueltas la intención de ver cómo usar la vida de López para mostrar esos nuevos enfoques históricos, logrando al mismo tiempo que quien quiera conocer al Brigadier no se quede con las ganas. Es decir, usar la renovación, pero al mismo tiempo que no quedara desfasada su figura. Ahí la clave está en las circunstancias de nacimiento de López: hay una particularidad suya como caudillo, a diferencia de otros, y es que realmente proviene de un origen humilde. Estamos hablando de una sociedad de castas. Por supuesto López era de sangre española, entonces empezaba varios escalones arriba, porque no era ni indio, ni negro, ni mestizo, pero dentro del grupo de personas con sangre europea, López estaba en los márgenes. Primero porque había sido hijo extramatrimonial, porque sus padres no estaban casados cuando nació. Esa particularidad es clave para unir a la persona y la coyuntura, el contexto. Primero porque da cuenta de cómo López fue hábil para ir moviéndose, para aprovechar las circunstancias hasta colocarse en el centro de esa sociedad. Al mismo tiempo, eso me obliga a contar las circunstancias: la vida de López me permite mostrar los grandes cambios de la Revolución, a nivel político y social, y al mismo tiempo muestra a una persona que supo ir aprovechándolo”.
– Además de ese origen humilde, ¿qué otros aspectos diferenciaron a López y, en todo caso, por qué no tiene la consideración de otros próceres nacionales?
– Acá deberíamos definir a quiénes llamamos próceres. Porque están los famosos próceres de la Independencia, que estuvieron bajo el gobierno central revolucionario, que cumplieron algún rol dentro de ese proyecto político, que es el de Buenos Aires (como también el de Salta, el de Mendoza). Se trata de quienes obedecían a ese centro revolucionario de Buenos Aires, con figuras muy conocidas como Moreno, Castelli, Belgrano, San Martín. Todos ellos entran en el panteón porque es con quienes se ha construido la historia de la independencia, la revolución, la lucha por la liberación. En ese panteón, para ese momento López era marginal, porque como parte del Cuerpo de Blandengues él participa del ejército de Belgrano pero en una tercera o cuarta línea, no formó parte de las guerras de la independencia como general. Entonces no forma parte de ese club. Uno sí podría pensar que está a la altura de Quiroga, de Pancho Ramírez, de los famosos caudillos. Lo que pasa es que en la historia tradicional, esos caudillos quedaron más pegados a las historias locales provinciales que a la historia nacional. Uno podría decir que López quedó de ese lado, y eso tiene que ver con una herencia de esa vieja historia que suponía que la Nación había nacido con la Revolución de Mayo, cuando se había consagrado la Independencia, cuando nació jurídicamente. Y que plantea que en 1820, cuando cae el poder central, lo que se genera es un vacío institucional. Esa es una historia muy convencional. Pero en esa realidad de construcción política los caudillos fueron muy importantes, al igual que las salas de representantes, donde cada provincia, al caer el poder central, empieza a desarrollarse institucionalmente. Para una historia muy tradicional, como ahí ya no había un poder central, les parecía que había habido una especie de paréntesis, un parate, que recién se empieza a reconstruir con la caída de Rosas. Entonces todo lo que había pasado en el medio quedaba un poco difuso. En ese marco podríamos decir que López no entra entre los próceres de ese tipo de historia, pero sí entra entre los próceres de las historias provinciales y, sin dudas, entre los próceres del federalismo. Tiene que ver con la historia que uno esté mirando, con qué autor se lea.

– El libro abona a esta búsqueda de entender las complejidades de esos años turbulentos de la historia y, por otra parte, de otras figuras que no son las que predominaban en las historias oficiales. Si tuvieras que definir a López, con la complejidad que eso implica, ¿se lo podría definir como un gobernante pragmático?
– No hay dudas de que tenía pragmatismo. Me da la impresión de que López supo leer bien cuáles eran sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Un punto fuerte a nivel de política interna fue, inmediatamente, decirle a la vieja élite colonial: ‘Escúchenme, si acá no ponemos un gobierno fuerte, se van a empezar a pelear entre ustedes y se va armar lío’. Y eso pasó en muchas provincias, sin duda en Buenos Aires, que tenía un grupo político muy alborotado, que se la pasaba peleándose. En Buenos Aires fue Rosas quien solucionó el problema de las disputas internas de las élites, y López lo solucionó 15 años antes que Rosas. Que era más fácil porque era una élite más chiquita, pero ese fue su primer punto fuerte. Fue un hombre que tenía el capital que otros no tenían, el del Ejército, y les propuso hacer un estatuto que permitiera hacer fuerte a la provincia. Santa Fe era un territorio de paso hacia el interior, un territorio que necesariamente querían controlar Buenos Aires y Artigas, en la década del 10, y López supo negociar esa condición de punto fuerte como territorio de paso. Santa Fe era débil económicamente, y tenía un gran problema que era la frontera indígena, pero tenía ese punto para negociar: su posición estratégica en el Río de la Plata. Entonces controló a la élite, que necesitaba a López porque esa posición estratégica la hacía estar constantemente amenazada por las fuerzas que se disputaban la herencia de la revolución. Así se convirtió en invencible: peleándose constantemente, fundamentalmente con las invasiones de Buenos Aires. Y una vez que vencía, como sabía que era débil económicamente, podía negociar su fidelidad. Ahí está la otra cara de la fortaleza de López: una es el haber tenido un frente interno unificado, que lo apoyaba, que le permitía organizar su ejército y salir a luchar. Pero una vez que ganaba, sabía que no podría conservarse eternamente como potencia militar en la región, porque su provincia era débil económicamente, entonces negociaba, fundamentalmente con Buenos Aires. Entonces pactaba una recomposición económica por las guerras a las que había sido sometido, y esa recomposición en un primer momento tuvo fuerza para ir sacándose de encima a otras figuras emergentes del Litoral: Artigas, Ramírez, Bustos. Todo eso se explica en el libro. Su pragmatismo consistía en eso: cómo usar sus puntos fuertes y también los débiles, como la pobreza económica de la provincia, buscando solucionarla. Y el fortalecimiento no fue sólo haciendo pactos con Buenos Aires (podríamos decir: vendiéndoles la paz), sino que trató de hacer crecer económicamente la provincia de manera más auténtica reforzando las fronteras, fomentando la producción ganadera. Pero tenía límites: además de las fronteras, no tenía control de los puertos de ultramar, que tenía Buenos Aires. Esos límites lo fueron coartando. Y después quedó un poco preso de esa ayuda de Buenos Aires, cuando dejó de pelearse internamente y se fue fortaleciendo con el liderazgo de Rosas.
Para 1837, el poder político de López en el orden nacional se había deteriorado. Al igual que su salud: el grave cuadro que sufría por una afección pulmonar lo llevó a aceptar la sugerencia de trasladarse a Buenos Aires en búsqueda de tratamiento. Previo a su muerte (en junio de 1838), en Buenos Aires López fue protagonista de una serie de homenajes impulsados por Juan Manuel de Rosas. Ahora bien, ¿fue un reconocimiento genuino o más bien una forma de compensar cierto destrato hacia el Brigadier? Las respuestas pueden descubrirse en el libro de Martínez, que explica: «Diría que lo que hizo Rosas fue tratar de tomar el prestigio de otras figuras del federalismo, porque Rosas no era un federal de la primera hora. Sí lo era López, como era Ibarra en Santiago del Estero, como Dorrego un poco después. Lo que Rosas hacía era tratar de convertirse en el heredero simbólico de los grandes héroes del federalismo. Entonces con los homenajes no es que pone en importancia a López, que ya la tenía, sino que trata de absorber la importancia simbólica mientras le quita la importancia fáctica: lo deja atado de pies y manos porque va comiendo las fidelidades regionales que López había tejido desde la década del 20 en adelante. Estanislao López controlaba a Córdoba, a Entre Ríos, había tratado de controlar un poco a Salta, tenía buenas relaciones con Corrientes, con Santiago del Estero. En 1830 López controlaba todo eso, y Rosas fue erosionando ese poder, algo que se cuenta en el libro. Entonces, a medida que lo iba reconociendo simbólicamente como gran personaje del federalismo, al mismo tiempo le iba erosionando el poder real».
– En relación a la provincia, luego de la supresión del Cabildo, en 1832, López empieza a reconfigurar las estructuras del Gobierno y también de la justicia. Y empieza a impulsar espacios de formación que no existían en Santa Fe, como el Instituto San Jerónimo y el Gimnasio Santafesino. ¿En cierta forma López traza allí los lineamientos de una provincia más firme? ¿El crecimiento de Santa Fe se asienta sobre esas bases?
– Ese es un tema muy interesante, porque para mí es un tema que todavía queda por ser estudiado en las provincias, no sólo en Santa Fe. Sobre todo desde que dejamos de pensar que las provincias eran simplemente feudos de caudillos, que es lo que pensaba la vieja tradición liberal, y que tiene que ver con las razones de por qué no están en el panteón de próceres: se los veía como señores feudales que habían demorado el desarrollo institucional de la Nación, en el concierto de las naciones civilizadas como Estados Unidos, Francia, etcétera. Que es un poco la herencia de la lectura de Sarmiento. Cuando dejamos de pensar así a los caudillos es porque fuimos reconociendo que habían desarrollado instituciones: no gobernaban solamente por su poder militar o carisma. En el caso de López, creó un Estatuto, y le dio importancia a la Sala de Representantes (que es el primer órgano de la soberanía popular de la provincia). Eso es una primera etapa, que está bien estudiada. Pero después está esto que tiene que ver con la formación de los funcionarios de la provincia. Porque podemos tener a las instituciones, pero después necesitamos gente que sepa gestionar esas instituciones, que se van haciendo más complejas, no sólo las políticas sino también las económicas. Entonces necesitamos gente formada. Eso es lo que busca López con la fundación de esos institutos, porque sino había que ir a buscar fuera de la provincia: Córdoba ya tenía su universidad, la más antigua de la Argentina, y Buenos Aires también tenía su universidad en los años 20. A Santa Fe no le daba el cuero para crear una universidad, pero López sí trató de ir creando institutos de formación para sus cuadros de funcionarios, también pensando a futuro: si incluso vamos un poco después de la muerte de López, cuando empieza a darse la famosa constitución nacional, que deriva en la Constitución de 1853, no había abogados, más cuando Buenos Aires había quedado del otro lado y todas las provincias juntas, bajo Urquiza, estaban tratando de crear un Estado nacional. En ese momento no había abogados. Era un problema endémico del Río de la Plata, entonces se buscaba gente formada para ocupar esos lugares. Por eso en Santa Fe es importante la figura de los secretarios (como Cullen, Echagüe, Seguí), porque López era un militar muy pragmático y que sabía leer muy bien el tablero político, pero ahí estaban siempre los secretarios aportando ideas, aportando un saber sobre el manejo de las riendas del Estado. De hecho Rosas odiaba a los secretarios de los gobernadores, siempre les decía que había que desconfiar de los secretarios de los otros, porque decía que eran sectarios, tipos que estuvieron pensando un desarrollo ulterior que a Rosas no le convenía. Y en relación a la Constitución, durante años la apuesta de López por generar una Constitución nacional tiene que ver con su pragmatismo, no es un idealismo formalista. Es porque sabía que estaba en una coyuntura específica como para controlar a los diputados de ese proceso constituyente. Si él conseguía reunir el Congreso con sus aliados, él lograba sacar una foto de su momento político y le daba más inercia a ese juego político. Rosas, en cambio, sabía que cuanto más tardara en cristalizarse la Constitución podría ir reforzándose sobre el poder fáctico de Buenos Aires.
