El jueves 7 de mayo, a las 19, en la Sala de las Miradas de Plataforma Lavardén (Mendoza 1085, Rosario) se llevará a cabo la inauguración de la muestra itinerante» México: la mirada de Juan Rulfo». Impulsada por la Fundación Juan Rulfo y la Embajada de México en Argentina, la exposición se anuncia como «una oportunidad única para apreciar el legado literario y cultural de uno de los grandes maestros de la literatura mexicana».
Conformada por una cuidadosa selección de fotografías y libros que reflejan la vida y obra de Juan Rulfo, la muestra explora la profunda conexión entre Rulfo y su país natal. El público se encontrará con imágenes que capturan la esencia del México rural, así como ediciones especiales de sus obras más emblemáticas. Este enfoque interdisciplinario no solo destaca el genio literario de Rulfo, sino también su talento como observador de la vida cotidiana y la cultura mexicana.
«México: la mirada de Juan Rulfo» reúne 60 fotografías a pared, enviadas directamente hasta Buenos Aires por la Fundación Juan Rulfo y enmarcadas in situ, a las que se suman 26 imágenes impresas en pendones de tela y una muestra bibliográfica con obras impresas por el Instituto Nacional Indigenista (INI), publicadas bajo el cuidado editorial del propio Rulfo, quien fuera Jefe de Publicaciones del INI por más de tres décadas. Asimismo, se incluyen documentales sobre Juan Rulfo: «El abuelo Cheno y otras historias», «Cien años de Juan Rulfo» y «Del olvido al no me acuerdo».

Juan Rulfo, las líneas de su mano
La literatura de Juan Rulfo depende de los sonidos, las voces y los murmullos que contrastan con un atronador silencio, pero también de la mirada. El campo mexicano, tierra de grietas rasguñada por espinas, es el inescapable horizonte de sus historias.
Lo que el narrador vio es tan importante como lo que escuchó en su infancia.
Su formación tuvo un doble registro. Frecuentó las más diversas literaturas y recorrió México con tal atención que los mapas se convirtieron para él en una forma de la quiromancia. Aficionado desde muy joven a las excursiones, transformó sus viajes de trabajo en un placer estético. No usó la cámara para atrapar los recuerdos provisionales del turista, sino para ejercer la escritura de las sombras y las luces. Bastarían sus fotos para consolidarlo como un artista excepcional.
Sus imágenes de la naturaleza transmiten una áspera intensidad. Peñascos. Cactáceas. Nubes minerales. En otra vertiente, la de las zonas arqueológicas, encuentra el silencioso lenguaje de las piedras. Las personas que retrata suelen estar solas; incluso en compañía, parecen marcadas por el aislamiento. Los ojos de María Félix, tan celebrados en su tiempo, miran hacia abajo con la melancolía de quien está un poco perdida.
En forma sistemática, Rulfo captura las pausas del acontecer: los músicos han dejado de tocar, una actriz duerme una siesta en medio de la filmación, un cementerio aguarda la noche para que salgan las ánimas. Maestro de los espacios intermedios —la frontera donde la vida se alimenta de la muerte—, Rulfo convierte una barda de adobe en símbolo de su estética. ¿Qué dividen esos bloques de tierra? En medio de la nada, establecen un lindero: confirman que la separación es posible. Toda barda es una opción de conflicto; el agravio empieza cuando dos terrenos colindan. No importa que el campo de junto sea inservible; la barda cumple su propósito: es tierra en tensión. Escuela de la mirada, la fotografía de Rulfo sugiere algo que no está ahí pero cobra poderosa inminencia. Un muro anticipa su futura ruina; la peregrinación hace pensar en las plegarias que no serán atendidas; la chica que mira el horizonte sugiere una esperanza truncada. Juan Rulfo entendió que la función del viaje no consiste en agotar misterios sino en enfatizarlos. A diferencia del cartógrafo, no quiso hacer una representación abstracta del país. En el cuarto oscuro, reveló otro mapa: un territorio tan íntimo e inagotable como las líneas de su mano.

