Entrevista 21/01/2026

«La poesía es el gran territorio de exploración, dentro del lenguaje y dentro de la literatura»

A casi cuarenta años de su primera publicación, y pocos días después de que su octavo libro, “Un alfabeto insurrecto”, recibiera el Premio Provincial de Poesía 2025 en la categoría Obra Editada, Gabby De Cicco reflexiona sobre su más reciente creación y destaca al premio como “un reconocimiento a una trayectoria”.

«Fue una gran alegría ganar el Premio. Y, también, una sorpresa. Más allá del libro por el cual se me da el premio, tiene también que ver con un reconocimiento a una trayectoria». Pocos días después de recibir el Premio Provincial de Poesía 2025, en la categoría Obra Editada, Gabby De Cicco reflexiona con precisión y serenidad en torno a un reconocimiento que se anticipa a la celebración por los cuarenta años de la publicación de su primer libro: «Bebo de mis manos el delirio», de 1987. Entre aquella obra y «Un alfabeto insurrecto» –por el que obtuvo el prestigioso premio que impulsa el Ministerio de Cultura de Santa Fe– pasaron otras seis: «Jazz me blues» (1989), «La duración» (1994), «Diario de estos días» (1998), «Queerland» (2011), «La tierra de los mil caballos» (2016) y «Transgénica – Obra reunida» (2019), lo que demarca un universo poético profundo donde el lenguaje, según destaca pocos después del anuncio del galardón, se evidencia como materia de exploración y, por supuesto, de lucha.

Porque en «Un alfabeto insurrecto» Gabby De Cicco, poeta no binarie, le pone palabras al río y los lapachos; al presente, los recuerdos y la memoria; al dolor al que se mira y, lejos de ocultarlo, se ilumina. También, a la experiencia que se rompe, a las transformaciones, al dolor y la naturaleza (y, claro, a la naturaleza del dolor). Dividido en cuatro capítulos, el libro habla, por supuesto, del alfabeto insurrecto: «No se trata solo de aprender/ el nombre de las cosas,/ hay que nombrarlas de nuevo:/ cada palabra un territorio liberado;/ lo que se levantó/ desde un alfabeto insurrecto». Porque el lenguaje es, también, un terreno de disputa social y política.

Y así lo entiende Gabby De Cicco: «El lenguaje es el territorio en disputa. Pertenecemos al colectivo LGTBIQ+ y quienes somos personas no binaries, en particular, sabemos lo que significa en la actualidad estar trabajando y ocupando un territorio en disputa. Es estar buscando y explorando las formas de poder nombrar nuestras existencias. Nada más y nada menos que eso. No es querer venir a imponer una nueva regla. Justamente: no nos interesa. No queremos imponer ninguna norma. Ni siquiera romper ninguna norma. Estamos escribiendo, hablando y produciendo arte desde un lugar de lucha pero de reconocimiento de estas identidades que siempre son un punto de fuga. Muchas veces, el lenguaje que creamos al nacer no alcanza para estar nombrando algo que está deviniendo. Y la poesía es el gran territorio de exploración, dentro del lenguaje y dentro de la literatura. Me parece que algo de eso que está en el título, ‘Un alfabeto insurrecto’, se puede leer ahí, y además con la obra de Mirtha Dermisache que está en la tapa, y con el texto manuscrito que está adentro que también es una obra de ella. Es un lugar de lucha y de ocupación contrahegemónica de un espacio de sentido que te dice lo que sentir, pensar y hacer. Pero, claramente, no lo vamos a hacer».

– En este terreno de disputas e identidades, antes mencionabas a Diana Bellesi, y cuando se va recorriendo el libro aparecen diversas dedicatorias: a Gabriela Adelstein, Lili García del Carrill, Juan Fernando García, Diana Bellesi (“sobre la noche de Zavalla/ un arco sonoro: dos ranitas/ croan a cada lado/ de nuestra soledad”), Virginia Russo, Macky Corbalán, entre otres. Y aparecen también diversas citas (Mirta Rosenberg, William Carlos Williams). Eso va marcando a toda una comunidad.

– Totalmente. Está buenísimo que se vea eso. Desde mi libro «La duración», del 94, a mí se me van armando comunidades poéticas nuevas, que son las que me han acompañado. En este libro en particular, al que llamo con cariño «el libro de los 60» (porque cumplí 60 años en abril de 2025), la presencia de Mirta Rosenberg es muy fuerte, la cito en un par de versos, y en el poema dedicado a Lili hay todo un diálogo con el primer libro de Mirta («Paisajes»). Ella y Aldo Oliva fueron las primeras personas que me enseñaron a practicar la insurrección poética. Les celebro cada vez y les tengo en mi corazón y en mi pensamiento. Y también en el momento de la escritura: casi sin pensarlo, están. Sobre todo recuerdo mucho a Aldo. Fui ayudante de cátedra en la Facultad y, sobre todo, fui amigue. Aldo, con su mano levantada, arrojándote una granada poética cada vez que hablaba… No salías de sus clases, o de sus encuentros en los bares, sin salir afectade. Algo de esa insurrección, de esa granada poética, sigue latiendo en mí, y creo que con el paso del tiempo (y en este libro en particular) está muy presente, latiendo mucho. Si bien hace unos años hice un poema que se llamó «Que explote», acá hay un desgranar de eso que estaba implícito en «Que explote», sobre todo por la temática de algunos poemas, de haber podido hablar de algunas cuestiones finalmente a través del poema. Eso me parece que es una carga poética. Ahora, mientras hablo, me llama la atención que voy utilizando un lenguaje como muy bélico… que me lleva a pensar en ese lugar, lo particular de nuestro país, y lo general del mundo, estamos en un estado belicoso, de guerra. Me parece que, por lo menos a mí, me tiene como siempre en alerta, en tensión, tanto por los territorios ocupados reales (en el mundo, pero también aquí mismo), con otros lugares que nos quieren hacer ver lo que no está, que la lucha no vale la pena, y me parece que eso está dicho en el libro.

Si de luchas se trata, en el segundo capítulo del libro, «El arte queer del fracaso», la voz se vuelve arma, filosa, poderosa. Aparecen allí la militancia («Dormir en cualquier parte para ser parte de un tiempo que huele a gloria»), las cicatrices («Antes tuve que lidiar/ con lo que dejó marcas/ La yerra de un sistema/ normativo que no avisa/ ni explica y si explica/ lo hace tarde y es/ muy tarde porque no hubo/ consentimiento»), el hambre, la tiranía y el abuso que «tiene nombre propio/ y mi lengua, como Kali,/ conoce el sabor/ de la justicia».

– El segundo capítulo se evidencia muy personal, con mucha intimidad y entran en juego muchas cosas: la militancia, el abuso, las cicatrices. Donde el dolor aparece, muchas veces, iluminado. Es muy conmovedor.

– Bueno, eso es lo que nos permite la poesía: estar lidiando con materiales que están ahí en el espacio de la vulnerabilidad. El libro empieza hablando de lo vulnerable, del exponerse. Pero creo que la poesía tiene alguna capacidad de reparación. Creo que esta reparación viene con un trabajo intenso, que a veces es como demasiado intenso. Y no es que me haya dispuesto a escribir sobre un tema, sino que el tema va apareciendo, te va convocando. A veces se puede imponer. O sentís que estás liste para, esta vez, poder escribirlo. Porque en otros libros, en otros poemas, hago referencia al abuso, pero en esta serie de tres poemas, donde agarro la imagen de Kali (la diosa de la destrucción), tiene que ver con este tipo de transformación, de reparación. La poesía aparece y a veces son mantras que terminan de sacar algo que ni siquiera vos sabías que querías decir. No porque no quisiera poder escribir sobre eso, pero en mi caso no hay una programática. Quizás sí en un ensayo, pero en un poema es complejo: creo que los temas se van presentando y los vas tomando a medida que podés. Además, lo bueno de todo esto es que en los últimos años han aparecido otras voces poéticas hablando de eso, entonces ahí se va creando otra comunidad. Hay otra comunidad de otras poetas en particular que están trayendo este tema (como Melina Varnavoglou, Claudia Masin o Julieta Mazza, de Rosario). La comunidad también te da esa fuerza: sentirte acompañade para encarar esa escritura.

– El libro cierra con el capítulo “Cartografía”. Si bien las cartografías no son algo nuevo en tu obra, su presencia siempre genera esta sensación de generosidad y franqueza, en el sentido de mostrar cómo tus poemas se inspiran o conectan con otras obras, tanto poéticas como musicales (donde también compartís la playlist para poder escucharla). En cierta forma quita la sensación de acto solitario de la escritura para abrir el juego a algo más.

– Sí, pero vos sabés que hay algo que siempre he estado pensando en relación a la soledad: el momento de la escritura puede ser solitario, pero en realidad vos estás escribiendo con todas esas voces que te acompañan. Nunca estamos escribiendo totalmente solas, solos, soles, nunca. Y no tiene que ver con estar citando, sino que vos no podés cerrar la puerta y pensar que no te atraviesa nada de los dos mil años de cultura… no lo dejás afuera. No dejás afuera ni siquiera la canción de cuna que te cantaban (o que no te cantaban). No dejás afuera los sonidos de la infancia, el canto de las marchas, todo eso que late adentro nuestro. Hay una idea de «romantización» de que escribimos solix… Sí, el acto de ponerme con la compu es solitario en ese sentido, pero siempre estamos con la compañía de eso que está y que no nos deja. Me parece interesante, porque sino también es un punto de… ¿prepotencia, quizás? De que podés en soledad. Pero podés porque está todo lo otro alrededor. De hecho estoy pasando mis diarios: algunos son del 2021, y estos poemas surgen de un clima de la canción de Joni Mitchell que abre la lista («Come in from the cold»), pero ni siquiera es la cita o la letra de donde saco tres versos: el clima de la canción me disparó, había encontrado como un soundtrack a algo que se estaba preparando para ser escrito. Y hay algo que no dije en la “Cartografía”: el libro se iba a llamar kintsugi, arte japonés de repararación. Pero después surgió una editorial con ese nombre, alguien sacó un poemario con ese nombre, entonces no iba a ir yo también con ese nombre. Después se iba a llamar como la primera parte («Sólo quería refugiarme del frío»), pero hacia al final apareció el poema «Un alfabeto insurrecto», y decidí que fuera el título. Y me gustó lo que dijiste de la «Cartografía», que es algo que vengo haciendo desde «Queerland», porque en este caso es como un recordatorio como para mí, que a veces tiene relación (y otras no tanta) con un estado interno que me produjo cierta lectura. Me parece interesante compartirlo. Hay algo de seguir compartiendo el mundo poético que te acompañó. Justamente eso que no te deja, que te acompaña. Y hay cosas que ni siquiera puedo rearmar para compartir: por ahí releyendo algunos poemas me doy cuenta que tiene que ver con algo que me lo disparó y no lo puse.

– Claro, pero son asociaciones posteriores. Sería algo así como una cartografía infinita.

– Sí, y eso también es la poesía, la cuestión de los libros: una cartografía que se va desplegando constantemente. Me gusta pensar que cada uno de mis ocho libros es un pliegue de una gran cartografía. Así que no está tan mal pensar en esa cartografía como infinita, porque con cada lectura, con cada lectorix, el libro se vuelve infinito.

Seleccionado por el jurado que integraron Carina Sedevich, Sonia Scarabelli y César Bisso, «Un alfabeto insurrecto» (publicado por Baltasara Editora), fue distinguido a principios de este año con el Premio Provincial de Poesía 2025. «Encontramos en este libro la marca de una poética madura y personal. Valoramos que quien escribe ha reflexionado profundamente sobre su trabajo de escritura. Hay honestidad en la voz poética: ha decido que va a escribir como siente que tiene que hacerlo antes de como piensa que debería hacerlo. Contiene un lenguaje singular, muy bien trabajado en forma y estilo», indica el dictamen oficial.

Crédito de foto: Andrés Macera – Página/12