Lilia Flores llegó al Museo Provincial de Ciencias Naturals «Dr. Ángel Gallardo» hace 23 años, con la sensación latente de que un museo había desaparecido tras el incendio sufrido en el año 2003. «Por unos días, la noticia ocupó la portada de los medios y luego una gran incertidumbre. Nadie hablaba del museo. ¿Qué pasó? ¿Dónde está? ¿Qué quedó?». Lilia recuerda su llegada al Gallardo desde la butaca de su taller, junto a dos Chuñas de patas rojas y patas negras, ejemplares taxidermizados con los que trabaja para exhibir en las nuevas muestras que se inaugurarán en 2026. Especies características de la zona boscosa del Chaco, Formosa y Corrientes, que acondiciona para exponer en una de las salas.
– ¿Cómo fue tu llegada al Gallardo, tras el episodio del incendio?
– Me sentía mal, con mucha angustia. Tenía la sensación de que el museo había desaparecido. Mi venida acá fue consecuencia de eso, no me podía quedar en mi casa tranquila. Ofrecí mis servicios para colaborar ad honoren y no me fui más. Creo que cuando una no espera nada, pasan las cosas. Mi hijo rastreó la nueva ubicación del museo, me dieron un delantal y fuimos con guantes y tapaboca a buscar piezas entre las cenizas. Yo había realizado un curso de taxidermia con María Lourdes Barrios Echagüe y había materiales que se podían rescatar, en otros casos no quedaban más que los alambres. Me sentía bien junto a ese grupo humano que estaba luchando entre cosas quemadas. Recuerdo un guacamayo rojo afectado por las chispas, sus plumas y pecho. Era para llorar la situación de las colecciones después del incendio, pero algo se pudo recuperar. Se pudo salvar una parte. Colaborar con lo que sabía hacer me daba mucha satisfacción, aplicar lo que había aprendido estudiando Taxidermia. Cuando hice el curso no tenía dinero para comprar las herramientas, bisturíes y demás, por lo que tenía utensilios que había fabricado mi papá. Él trabajaba la madera, el metal, era herrero, ebanista, tallaba. Me preparó los instrumentos y una cajita muy prolija. Para mí era un tesoro, eso que llevaba cuando desde el museo me empezaron a pedir hacer taxidermias.
– ¿Qué ocurrió luego?
– Durante tres años el equipo del Museo trabajó puertas adentro, para rearmarse y volver a abrir al público en 2006. El dromedario, por ejemplo, se iba a desarmar. Como dijo Fontanarrosa una vez: parecía de la especie culo quemado. Había partes del cuero que eran carbón, y por dentro la estopa estaba mojada porque los bomberos le habían echado agua. Había pasado un tiempo, tenía un olor horrible. Era un desafío: ¿se podrá armar, podré hacer algo con esto? Las decisiones muchas veces se tomaban en el andar. Con un punzón, piolín y aguja colchonera, secado, ventilado, construcción de un armazón y escalera, pude llegar arriba a trabajar la parte alta del camello, un ejemplar de colección característico del Museo.
– ¿Cómo describirías tu trabajo en Conservación y Restauración?
– El trabajo en el depósito o reserva zoológica es de cierta manera «la trastienda del museo», lo que nadie ve de una pieza exhibida, antes trabajada con elementos delicadísimos. No se sabe sobre todas las manos que estuvieron días y días trabajando. Es hermoso, son horas con lentes, hisopos, cepillos y pinceles. Se usan herramientas de todo tipo, pinzas, martillos, sustancias químicas de distinto tipo, pinturas para correcciones o terminaciones, solventes, alcohol etílico, agua oxigenada por ejemplo para blanquear plumas oxidadas, cepillos. Hay un espíritu de protección al hacer mi trabajo. Estoy colaborando en que una pieza que viene de décadas atrás siga perdurando, para las nuevas generaciones. Esa es la función de la conservación y trato de que tomen conciencia de que son tesoros a tratar con mucho cuidado. Garantizar la continuidad de las piezas es una responsabilidad y hay una cuota de amor en eso. Hago mi trabajo honestamente, con afecto. Quizás estoy horas con una pieza, tratando de que recupere su apariencia. Tuve experiencias con otros patrimonios y tanto el material biológico como un óleo, un mueble, un hueso, piel o tejido, todo se enfrenta a los mismos diez agentes de riesgo. Es más fácil acceder a información sobre conservación de arte pictórico, documentos o grabaciones, pero de material biológico cuesta muchísimo. Como Profesora de Ciencias Naturales y Taxidermista me especialicé junto a referentes como José Luiz Pedersoli, de Brasil, o Carlos Rualanda, de Bolivia.
– Hablás de conservación “preventiva”. ¿Cómo es esto?
– La observación es el primer acto de conservación preventiva que una está realizando. Mirar una pieza o vitrina observando si hay cambios, si algo llama la atención y es necesario retirarlo a la sala de aislamiento. Una larva puede hablarnos de la presencia de una plaga. Encontrar heces sería una luz roja, nunca ha pasado en el depósito. Ese sería el primer paso, recorrer el depósito, evitar descuidos. Incluso la limpieza debe ser específica. La conservación no es responsabilidad solo del que está abocado a esa tarea, sino de todo el personal del museo. Del primero al último deben conocer y saber cómo tratar una pieza de colección. Cómo desplazarse por el espacio, cuidados al manipular cada pieza que es también una obra de arte.

– Fundaste de cierta forma un área, después de un momento trágico para el Museo. ¿Cómo ves esto?
– Las mujeres somos muy batalladoras, no nos amilanamos por nada. Lo vemos muy a menudo, es la mujer la que levanta los brazos y encara. Siempre estamos marcando terreno, tomando decisiones cuando quizás no se está dando el paso correcto: «No sé si puedo, pero lo intento, a ver qué sale de esto». Eso significa tener un poco de fe en una misma, y generalmente se logra más de lo que se esperaba. Propicié un espacio sin darme cuenta, sí. Veo aquí cualquier cantidad de piezas con mi intervención, aunque no hay un cartelito que lo diga. Cuando nos visitan en el depósito siempre comento que esto es patrimonio de la comunidad. Nosotros lo que hacemos es cuidarlo, pero es de todos. De esos niños que serán grandes. Nuestro deber es cuidar y preservar, para que las colecciones perduren y continúen siendo patrimonio de otras generaciones. Una responsabilidad inmensa de que esto se siga disfrutando generación tras generación. La pieza más vieja tiene que tener el mismo estado que la más nueva.
– ¿Cuál es el origen de estas piezas que hoy integran las colecciones del museo?
– Eso es algo que preguntan siempre, cómo consiguieron estas piezas. ¿Las mataron? Son ejemplares que en su mayoría traían luego de accidentes, atropellados, muertos después de las tormentas o por causa natural. En un tiempo había cazadores, era legal. Se usaba viajar a África, Asia, Europa, China, era muy común. Les dicen cazadores arrepentidos, a quienes vienen trayendo trofeos. Ahora está prohibido, se preserva la biodiversidad, pero está lo que quedó de toda esa época oscura. Era legal en su momento, podías ir y cazar lo que quisieras. Hubo mucha lucha de defensores de la biodiversidad, de ecologistas, aunque todavía pasan cosas terribles, matan leones, jaguaretés, aguara guazú. El cazador lo que quiere es satisfacer su ego, afirmar «yo maté este tremendo elefante». Es feo, ¿No hay forma de integrar el concepto de cuidar la vida? De dejarlos vivir y continuar su especie, yo no lo entiendo pero parece un placer, el morbo de matar. Está lleno de eso.
– ¿De qué se trata este trabajo con cuerpos de animales anteriormente vivos?
– Es algo innato para mí, desde niña me atraía la naturaleza. Tengo espíritu de coleccionista y me encantó aprender el arte de la taxidermia. Lo que se siente es recuperar aquello que tuvo vida y de alguna forma aportarle esa apariencia, rescatarlo, despertar la curiosidad en quien lo ve, encender una llamita. Es interesante complementarlo con salidas a campo para conocer al animal en vida, en su hábitat. Los ejemplares de colección son exponentes de vida, ya no la tienen pero buscan dar a conocer para poder proteger. Mi motivación es despertar el respeto por la vida y tenemos la responsabilidad de preservar esto que pertenece a la sociedad. Hay animales que por más de ser autóctonos, la gente no los conoce. Qué bueno que cuando murió, hubo alguien que pudo hacer un trabajo para conservarlo. Cuando empezaba a recuperar piezas, sentía «con esto hago algo», no se termina degenerando y desintegrando. A mí me pasa eso, es también una forma de sentir. La muerte total sería la degradación de ese cuerpo. Al no degradarse, darle forma y conservarlo sano, perdura con esa imagen y si vas a la naturaleza la vas a reconocer. Buscar que no desaparezca, que quede algo, que se lo pueda reconocer.
– ¿Cuáles son los desafíos en esta tarea?
– El trabajo tiene mucho de arte, depende de la idoneidad del taxidermista. Cada pieza tiene que responder a los hábitos y actitudes de los animales en vida. Lo más difícil es recrear la mirada. Para hacer una taxidermia montada tenés que estudiar al animal, cómo es, cómo se mueve, cómo duerme, cómo se sienta. Podés ver cierto aspecto vital en la pieza, como si estuviera vivo. Esa virtud tiene. He visto muy buenos trabajos de taxidermia, pero al mirarle los ojos no transmiten vida y otro sí. Hay algo en la persona que lo prepara que se mete muy adentro de la pieza, es un poco misterioso también. Por eso no hay tantos taxidermistas eximios, como Salazar, que era un artista y un dotado. Me hubiese encantado conocerlo. Los dioramas de Zalazar eran una forma de recrear el hábitat, lo hacía con cierta fantasía, integrando otras vidas, especies de invertebrados. Si el diorama está bien hecho te ubica en el lugar, tiempo y espacio, se puede decir. Actualmente se trabaja taxidermia que no es montada, pieles de estudio.
Próximamente el Museo Gallardo reabrirá sus puertas con nuevas exposiciones, oportunidad para conocer estas piezas de colección y parte del patrimonio natural de nuestra provincia.
Crédito de fotos: Violeta Paulini
