El ciclo 360° diseñado por el Ministerio de Cultura de Santa Fe y el Centro Cultural Provincial Ideal recibirá a la música, cantora y docente venadense María Ana Ravera. En la antesala de su presentación de este jueves 25 de junio, a las 20.30, en la sala de Pellegrini 780, en Venado Tuerto, la artista reflexionó sobre el desarraigo, el canto colectivo y qué significa llevar el desafío de una vida nómade al centro de un escenario circular.
– ¿Cómo dialogan en tu identidad tu formación en dirección coral con la libertad del canto callejero que experimentaste en tu viaje por Latinoamérica?
– Creo que se terminan alimentando mutuamente. La dirección coral te da herramientas técnicas, una estructura y una escucha muy aguda para entender el entramado de las voces. Pero el viaje de 2014, el cantar en los bares, en las plazas y en las calles de tantos países, te despoja de solemnidad. Te enseña a conectar con el presente absoluto y con el otro de manera inmediata. En este concierto conviven ambos mundos: hay un cuidado meticuloso en los arreglos de las distintas formaciones instrumentales, pero con la frescura y la verdad que te da el canto a flor de piel.
– A lo largo de tu recorrido impulsaste proyectos con fuerte perspectiva comunitaria y de género, como «Mujería» en Venado Tuerto. ¿Qué lugar ocupan la memoria colectiva y la militancia cultural en el repertorio folclórico que traés hoy?
– Ocupan un lugar central. Experiencias como «Mujería» nacieron de una necesidad muy concreta: disputar, habitar y potenciar el espacio escénico de las mujeres músicas en nuestra región. El folclore y la canción latinoamericana son, por definición, crónicas de los pueblos. Para mí, la música nunca es un hecho aislado o puramente estético; siempre busca transformar o reflejar una vivencia comunitaria, ya sea acá en Venado, en San Marcos Sierras o en cualquier bar del continente. Las canciones que elegí para esta noche traen esas voces y esas luchas compartidas.
– ¿Cómo se pensó orgánicamente esta dinámica para sostener el relato de la noche?
– La idea es que la instrumentación sea un paisaje dinámico, que cada tema tenga su propia textura y atmósfera acústica. No quería un show lineal. Por eso me acompaña un ensamble hermoso con Jorge Bengolea (guitarra), José Cifre y Delfina Tarducci (percusión), Franco Santinelli (bajo) y «Toty» Díaz (piano), pero la estructura va a ir mutando. Hay canciones que piden la intimidad y la desnudez de una guitarra, y otras que explotan con la percusión, el bajo y el piano. Además, sumar a «Lucha» Rubio, a «Indi» y Lucía Pierachino como cantoras invitadas le aporta esa veta de intimidad vocal y el afecto que redondea la propuesta.
– ¿Qué significa para vos presentarte en un dispositivo como el ciclo 360°, donde la cercanía con el público altera por completo la frontalidad tradicional del teatro?
– Es un desafío hermoso y muy coherente con mi recorrido. Al romper la idea de la «cuarta de pared» y quedar expuesta en el centro de la sala, el concierto se transforma casi en un ritual comunitario, algo muy cercano a la experiencia de cantar en ronda o en la calle. El formato 360° te quita el escondite de la frontalidad, pero te regala una complicidad absoluta; el público pasa a formar parte de la misma textura sonora. Me entusiasma mucho que el Ministerio de Cultura apueste a estos cruces, porque nos obliga a los artistas locales a repensar nuestra propia corporalidad y nuestra manera de compartir la música.
